Tu salón parece bastante tranquilo, con una torre de bloques de construcción en el suelo y la chaqueta de uno de los niños colgada en una silla. El perro está sentado pacientemente observando. De repente, uno de los niños da un portazo, rompiendo la paz tras una discusión sobre el color de un coche de juguete. Uno corre hacia ti llorando histéricamente, mientras que el otro dice que él no ha empezado.
Momentos como estos hacen que muchos padres se pregunten qué está pasando realmente en la mente de cada niño. La crianza reflexiva aclara ese mundo interior y te mantiene centrado mientras lidias con el caos.
¿Qué es la crianza reflexiva?
La crianza reflexiva se basa en la función reflexiva, o la capacidad de hacer una pausa y reflexionar sobre los pensamientos, sentimientos e intenciones de un niño antes de responder. Se centra en ser curioso en lugar de crítico y en conectar en lugar de corregir. Este estilo de crianza fomenta un entorno de apoyo para los niños, ya que implica considerar las razones que hay detrás de su comportamiento.
Más recientemente, los investigadores del desarrollo infantil han argumentado que el concepto de funcionamiento reflexivo es vital para el apego seguro, especialmente en lo que se refiere a que los padres se tomen su tiempo para considerar lo que el niño está tratando de expresar. Argumentan que los niños se sienten más seguros cuando los cuidadores se toman su tiempo y escuchan lo que el niño está tratando de decir, incluso en momentos de malestar. Los investigadores descubrieron que las respuestas sintonizadas crean una seguridad emocional saludable.
Los padres pueden tener dificultades para forjar una conexión sólida con sus hijos en el caos de la vida cotidiana. La crianza reflexiva proporciona un marco coherente dentro de esa relación.
7 maneras de practicar la crianza reflexiva
Los cuidadores que dan ejemplo de conciencia de sí mismos a los niños y se comunican de forma saludable sientan las bases que perduran durante todas las etapas de la infancia. A continuación se indican algunas prácticas sencillas para empezar a utilizar la crianza reflexiva.
1. Haga preguntas abiertas.
La curiosidad ayuda a los niños a hablar sobre lo que piensan. Hacer preguntas como «¿Por qué te ha frustrado eso?» o «¿Cómo pensabas que iba a salir?» ayuda a los niños a contar su historia interna.
Las preguntas abiertas ayudan a los padres a evitar dar por sentado el motivo del comportamiento de los niños, ya que estos pueden tener razones que los adultos no esperan. Cuando los cuidadores muestran curiosidad en lugar de corrección, las conversaciones se vuelven más fáciles y adquieren mayor significado.
2. Aprender jugando
El juego ofrece una forma fácil y natural de comprender el mundo interior de un niño. Cuando los niños juegan, fingen, construyen, exploran o crean juegos, nos permiten vislumbrar su forma de pensar mucho antes de que puedan explicar lo que quieren decir. Prestar atención permite a los adultos reconocer patrones y responder con compasión a ellos.
El juego físico juego ayuda a los niños a liberar la energía acumulada, expresarse más libremente y regular sus cuerpos después de emociones fuertes. Esto crea un ambiente más tranquilo, lo que permite a los padres tener conversaciones más significativas que revelan el funcionamiento interno de la mente de sus hijos.
3. Sé su base emocionalmente acogedora.
Los niños prosperan cuando el hogar es un lugar seguro para cualquier sentimiento, ya sea agradable o doloroso. Los padres reflexivos exploran los sentimientos en lugar de juzgarlos o reprimirlos. Eso no significa que los niños puedan comportarse como quieran, sino que las emociones y el comportamiento son cosas diferentes. Al mismo tiempo, este método puede ayudar a los niños a comprender que sus sentimientos son válidos y enseñarles que pueden confiar en usted con sus emociones, lo que reduce la necesidad de luchas de poder.
4. Conviértete en un espejo
La crianza reflexiva reconoce la experiencia emocional del niño. Por ejemplo: «Parece que te sentiste excluido cuando tu amigo jugó con otro niño» o «Parecías emocionado cuando probaste el tobogán grande». Expresar lo que puede parecer obvio ayuda al niño a relacionar sus sentimientos internos con su comportamiento externo. La retroalimentación co-reguladora suele ser más tranquilizadora y alentadora que las instrucciones o el razonamiento.
Para ayudar a los niños más pequeños a comprender y expresar sus emociones, puede probar diferentes métodos de comunicación. Esto puede implicar relacionar colores con las emociones que experimenta su hijo o usar tarjetas que muestren expresiones faciales, como sonrisas o ceños fruncidos. Cuando los niños pueden definir lo que sienten, pueden comunicarlo de manera más efectiva.
5. Presta atención a los sentimientos que subyacen al comportamiento.
Un padre reflexivo empatizará y preguntará cómo se siente el niño antes de actuar. Es posible que el niño que se niega a abandonar el parque no esté siendo rebelde, sino que se sienta abrumado, cansado o que desee prolongar una experiencia agradable, y tal vez no esté seguro de si el adulto comprende sus motivos.
Comprender las etapas de desarrollo de su hijo también puede proporcionarle información adicional. Las rabietas Las rabietas son comunes en los niños de dos años, pero no tanto para la mayoría de los niños de siete años. Al mismo tiempo, cada niño es único. Dos niños de la misma edad pueden estar en diferentes niveles de desarrollo.
Un cambio tan sencillo permite a los padres y cuidadores responder con comprensión en lugar de enfado. Así, les enseñarás a hacer una pausa y procesar sus sentimientos, una habilidad que los niños aprenden a desarrollar a medida que crecen.
6. Reparar la relación
Todas las familias tienen días difíciles. La crianza reflexiva no lo evitará, pero puede ayudar a las familias a conectarse y recuperarse. La reparación podría expresarse así: «Ese momento fue difícil para ambos. ¿Podemos intentar hacerlo mejor juntos?». Los niños aprenden la importancia de la seguridad en la conexión, incluso cuando sus sentimientos se vuelven abrumadores. La reparación también transmite resiliencia, ya que les muestra a los niños que estar en un conflicto no rompe una relación.
7. Tómate tiempo para reflexionar sobre ti mismo.
Además de comprender cómo se comporta su hijo, es importante tener en cuenta cómo usted responde a ello. La situación puede agravarse si reacciona con ira o frustración. Cuando los cuidadores identifican el desencadenante de un comportamiento, les resulta más fácil controlar sus propias reacciones y responder con determinación en lugar de por instinto.
Dedique tiempo a reflexionar sobre su propia educación y sobre lo que sus padres podrían haber hecho mejor para mejorar las generaciones futuras, sin juzgarlos. Identificar sus propios desencadenantes y emociones le ayudará a crear momentos más tranquilos y a romper los ciclos en los que el estrés de los adultos afecta negativamente a los niños.
Los hábitos diarios son lo más importante
Los ritmos diarios ofrecen pequeños pero poderosos puntos de entrada al mundo emocional de un niño. No es necesario que sean muy elaborados, lo más importante es que haya una rutina. Los niños que saben que pueden esperar algunos puntos de referencia conocidos a lo largo del día se sienten más seguros y están más dispuestos a abrirse.
Los hábitos sencillos funcionan bien. Aprovecha momentos concretos para entablar conversaciones más profundas, como compartir el desayuno, viajar en coche, doblar la ropa limpia o la hora de acostarse. Los horarios regulares también te ayudan a detectar los cambios de humor o comportamiento antes de que se intensifiquen.
También puede cultivar hábitos de escucha atenta durante los momentos de cambio, como al despertarse por la mañana, al regresar de la escuela o durante los rituales antes de acostarse. Estos momentos suelen ser aquellos en los que los niños están más dispuestos a compartir cosas con usted. Las prácticas sencillas pueden transmitir a los niños que sus pensamientos, preocupaciones y alegrías siempre tendrán un lugar seguro.
Una conexión más amable
La crianza reflexiva no requiere más tiempo ni energía, es simplemente una forma diferente de interactuar con tu hijo, y eso implica un sentido de curiosidad. Cuando reduces la velocidad, observas y respondes a las señales emocionales de tu hijo, este se ve afectado positivamente de por vida. Prueba solo uno de estos hábitos hoy y observa la diferencia que supone en tu hogar.



